(Escribo este post desde la Platja dels Capellans, Alt Empordà. Mi voyeurismo estético (perfeccionado en las terrazas de las cafeterías de París) repara en una preciosa mujer catalana de unos 60 años, entrada en carnes y media melena color plata, con sólo la parte de abajo del bikini. A su lado, quizá sus nietas, dos adolescentes prefieren el dos piezas. Detrás de la pequeña isla de rocas donde me encuentro, una madre francesa (dos niños y una niña) lleva un bonito bañador azul marino. A la niña, una bebé, la lleva desnuda y parece que el contacto con el agua le produce una sensación de lo más placentera a juzgar por su contagiosa risa. Algo más alejada, en una especie de acantilado, otra mujer gala con un velo y gafas de sol contempla la estampa mientras le quita la camiseta a sus hijos varones. Su marido acaba de pescar un pulpo y se lo muestra con orgullo a los hombres que en la pequeña cala se amontonan (excluye de su campo de visión a toda mujer que no sea la suya pero no ha abandonado este paraíso aunque no vayamos tan vestidas como su esposa). Naya, mi perra, sin ninguna prenda de ropa que la oprima, interactúa con todos. Parece que a ella, si van vestidos o desnudos, poco le importa… Sólo le entorpece, para pegarme unos lametones en la cara, la pamela que una servidora se coloca para que no le toque el sol en el rostro. En fin, un verdadero gozo esta República de la Tramuntana.)
Ya en la Grecia Clásica, las atletas utilizaban un dos piezas muy parecido al bikini actual para practicar cómodamente algún deporte (así como los hombres lo hacían con un pequeño tanga o incluso desnudos). Este mosaico datado en el siglo IV se encontró en la Villa de Cassale, Sicilia, y demuestra como las romanas adoptaron la misma fórmula estilística que las griegas, igual que se hizo con toda la cultura helena. Fue la aparición de las religiones monoteístas las que convirtieron el cuerpo (sobre todo el femenino) en algo pecaminoso. El cuerpo se cubrió por completo y en esa obsesión por ocultar las líneas de la mujer, las obligaron a transmutar su físico natural (corpiño, miriñaque…).
Gracias al feminismo, la inclusión de algunas féminas en el deporte a finales del siglo XIX permite las primeras variaciones en el vestuario. Obviamente, jugar un partido con un vestido al estilo victoriano sólo dificultaba la prueba. Poco a poco, la falda empezó a acortarse y a simplificarse el uniforme deportivo femenino. Las nuevas actividades de ocio favorecieron cambios en todo el guardarropía. Los bañadores enteros (con mangas y pantalón) se fueron recortando y en algunas playas, a principio del siglo XX, la policía arrestaba a las que se pasaban de «exhibicionistas». La prohibición estética, como casi siempre, propició el efecto contrario: la desnudez del cuerpo femenino se convirtió en un símbolo revolucionario.
En 1946 se presenta oficialmente el antiguo bikini heleno en las revistas de moda más modernas de la época pero otorgándole un uso distinto: el baño de sol (fue Coco Chanel la que hizo posible que la detestada piel bronceada de los campesinos y pescadores se convirtiera en una señal de status). El impacto de «la nueva» prenda en la sociedad se compara con la explosión de la bomba atómica. «El revolucionario» bikini renace con grandes detractores que ven en ese escaso trozo de tela una gran amenaza para la moral y en muchas playas se prohibe su uso. Vaya, los reaccionarios que con su sucia mirada retrasan 1.000 años la civilización. ¿Y cuál fue la respuesta a la nueva prohibición? El topless y el nudismo (aún vetado hoy en muchos lugares de veraneo).
- 1922
- 1930
- 1936
- 2016
Prohibir el burkini, similar al bañador que emplearon las tatarabuelas más avanzadas, ¿qué traerá? Porque habrá que asumir que la censura se requiere en las sociedades o asuntos donde no alcanza la cultura. Y Francia, con París como la capital de la moda y de la libertad, no puede permitirse (mucho menos por miedo) algo así. Sin embargo, conviene recordar que el bikini, que hoy algunos tachan de «sexista», fue un día (junto a la minifalda de Mary Quant y el smoking de YSL) el fenómeno más liberador y rupturista del movimiento feminista. Y aunque lo políticamente correcto sea concluir con un «que cada uno vista (piense, sienta) como quiera», tal vez también es preciso añadir «pero que sea consciente de lo que está vistiendo (pensando, sintiendo y defendiendo)».
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