An honor to host Prime Minister @AbeShinzo in the United States. pic.twitter.com/f6TvfZ6sMj
— President Trump (@POTUS) 10 de febrero de 2017
Diplomacia Pesa a que la diplomacia esté en gran medida occidentalizada (americanizada), antes de mantener una reunión con un mandatario de otro país o con una cultura gestual distinta, resulta imprescindible que el gabinete de protocolo advierta al presidente de las costumbres de este. Siendo un gran hombre de negocios, se suponía que Trump ya debía saber que en este encuentro había que evitar el excesivo contacto físico y visual…

Trump aprovecha el saludo inicial para acercárselo a su pecho (su terreno). Abe le pega una palmadita en el brazo = por favor, suéltame.
Concesión (respeto) El contacto físico en la cultura nipona (dar la mano, un abrazo, palmotear la espalda, un beso…) es prácticamente inexistente. El primer ministro japonés accede al saludo occidental: estrechar la mano. Sin embargo, el gesto ya es para él y su pueblo una concesión. El saludo, por lo tanto, a no ser que el estadounidense le hubiera ofrecido una mínima reverencia con la cabeza (respeto a las costumbres del otro) no debe dilatarse en el tiempo. Normalmente un saludo dura unos 5 o 7 segundos. Trump lo alargó 19, incómodos y eternos, segundos.

Trump siempre ofrece la mano como si te fuera a hacer trampa #ojitoojitopum El japonés lleva el traje diplomático occidental y sabe cómo vestirlo (comparar el largo de las corbatas…)
Tirón de brazo No es la primera ni será la última vez que lo practique. El presidente de los EEUU es de esas personas que al estrechar la mano pegan un tirón de brazo. Este tipo de saludo lo practican las personas inseguras que se sienten a salvo solamente en su propio espacio personal (me lo llevo a mi terreno). Suelen ser personas intransigentes, incapaces de dialogar y empatizar, y que consideran que existe una verdad única (la suya, por supuesto).
Palmaditas A veces, al estrechar la mano, hay personas que posan también su mano izquierda. Aunque en un ambiente íntimo se puede interpretar como una especie de abrazo, en el diplomático no es recomendable porque al bloquear la mano del interlocutor también se le está debilitando visualmente. Pero Trump no hace exactamente eso: el magnate suele pegar tres golpecitos sobre la mano del receptor. Este gesto evidencia la ansiedad del presidente para que el saludo acabe pronto. A causa de su fobia a los gérmenes, Trump confesó en campaña que le disgustaba este tipo de saludo y que el encantaría encontrar otro más higiénico…
Declaración de guerra En Occidente mirar a los ojos es una señal de sinceridad y honestidad. Sin embargo, aguantarle la mirada a un japonés es una provocación y casi una declaración de guerra. Cuando Abe percibe la mirada penetrante de Trump sabe que la lectura de ese gesto en su país no va a ser bien recibido y le pide que mire a cámara. El estadounidense no lo entiende y cree que le ha dicho que le siga mirando a los ojos. Abe, ya evidentemente molesto e incómodo, le indica con la mano que mire al frente, a los fotógrafos.
Horror Los japoneses adoran el silencio. Por lo tanto, para ellos el lenguaje corporal actúa como una gran herramienta de comunicación y conocimiento. Su expresión facial siempre dibuja una sonrisa (por respeto, te ofrezco mi mejor cara) y hay que fijarse en otras partes del cuerpo para conocer sus emociones y pensamientos reales. En este caso, la rigidez de la mano izquierda de Abe lo decía todo.
Huir Los medios de comunicación no saben cómo definir la cara que finalmente se le queda a Abe cuando se libera del saludo de Trump. La expresión es de alivio (resoplido y distensión de las pupilas). Tras esos 19 segundos de estrés, Abe no puede seguir manteniendo la sonrisa que exige el riguroso lenguaje corporal japonés, estalla y busca auxilio su equipo (situado a su derecha). Pero otra vez es mejor fijarse en las manos del primer ministro para valorar el momento: ancladas sobre los reposabrazos de la silla indicando que quiere salir inmediatamente de allí.
Melania al rescate Otra vez es una primera dama la que logra suavizar las discrepancias simbólicas con el invitado. Bien aconsejada o informada, Melania Trump vistió sencilla (máxima regla de elegancia en Japón) evitando el colorido en el trabajo. Un vestido blanco de cachemir de Calvin Klein y bailarinas nude de Louboutin con un precioso abanico (guiño) y un conjunto en blanco y negro (falda pantalón y blusa) de Michael Kors. Nada de joyas (bueno, quitando su sempiterno anillo de compromiso de 3 millones de dólares), la ostentación en la cultura nipona sólo denota bajeza moral.

El abanico seguramente fue un obsequio de la mujer de Shinzo Abe.