«Soldados, apuntad bien. Vosotros no tenéis la culpa. ¡Viva la Escuela Mo…». Francesc Ferrer i Guàrdia no pudo finalizar su proclama porque las balas, el único argumento de los cobardes, lo acallaron para siempre. Convencido de que la maldad humana no es una cualidad innata sino que deriva de la ignorancia, hasta en el momento de ser fusilado injustamente hizo gala de su refinada inteligencia emocional y perdonó a los borregos de sus verdugos.
Al pedagogo se lo había acusado de ser el instigador intelectual de la revuelta popular en Barcelona que motivó la Setmana Tràgica en julio de 1909. Dos años después, ya muerto y enterrado, las Cortes exigieron la revisión del proceso y el Consejo Supremo lo declaró «inocente»… La rectificación y disculpa de Miguel de Unamuno por haber condenado ideológica y moralmente a Ferrer i Guàrdia vino muchos años después a través de un artículo titulado «Confesión de culpa», publicado en el diario Día en 1917. «Sí, hace años pequé y pequé gravemente contra la santidad de la justicia. El inquisidor que todos los españoles llevamos dentro me hizo ponerme al lado de un tribunal inquisitorial, de un tribunal que juzgó por motivos secretos -y siempre injustos- y buscó luego sofismas con que cohonestarlo», escribió el filósofo. SEGUIR LEYENDO